Masamaclay: Lugar donde pelearon dos hermanos

Boqueron es una isla de monte rodeada de pajonales, en la que se había abierto una plazoleta que contenía galpones de adobe (construidos por las fuerzas bolivianas de ocupación en 1928), tres o cuatro chozas de espartillo, un pozo de agua y un tajamar para abrevadero de animales, estaba elegida por el destino para servir de escenario a una de las gestas mas heroicas de la historia de Bolivia.


Amaneció el 29 de septiembre en media de la angustiosa expectativa de los combatientes. La artillería no se atrevió a actuar por la proximidad entre atacantes y atacados. El Teniente coronel Estigarribia había ordenado que sus divisiones se jugasen ese día el todo por el todo. Boquerón tendría que caer a cualquier costo.

Los primeros disparos de los fusiles paraguayos se perdieron en el hondo silencio con que respondió el frente boliviano. Un soldado cuenta que en esos momentos sintió “como si manos invisibles y gigantescas se apretaran a través del campo enmarañado y se estremeció de terror” (JD). Se levantaron algunos lienzos blancos. El capitán Antonio Salinas del regimiento Campos y el suboficial Carlos d'Avila del 14 de Infantería, salieron por la Punta Brava llevando el siguiente mensaje: "El comandante del fortín Boquerón al co­mandante de las fuerzas paraguayas en el mismo sector. Señor: el oficial portador de la presente nota, capitán Antonio Salinas, lleva la misión de entrevistarse con Ud, en representación mía.— Dios guarde a Ud.— Teniente coronel Marzana".

Estigarribia, en su puesto de mando a. 10 kilómetros de primera línea, al recibir la noticia telefónica de que se veían trapos blancos en las trincheras bolivianas, no pudo ocultar su satisfacción y exclamo “Creo que vamos a ahorrar muchas vidas paraguayas". Poco después eran conducidos a su lado, por el mayor Rafael Franco, el capitán Salinas y el suboficial d'Avila, que le hicieron entrega de su credencial y le expresaron que tenían la misión de concertar una entrevista con su jefe. "Digan a su comandante —les contesto Estigarribia— que lo espero en este mismo lugar, esta mañana, a la brevedad posible". Mientras Salinas y d'Avila regresaban, el teléfono transmitio otras novedades, Las fuerzas paraguayas habían invadido el fortin y estaban tomando prisioneros a sus defensores.
¡Que habia ocurrido? Al no recibir fuego y viendo los lienzos blancos en la Punta Brava, el teniente Paraguayo o Ma­nual Islas creyo que se trataba de una rendición y se lanzo a la carrera hacia el fortín, seguido por su compañia del Curupaity, con la intención de cosechar el lauro de tomar prisionero al teniente coronel Marzana. AI escuchar el clásico grito de triunfo paraguayo "¡Piiiipuuuu!", lanzado por estas tropas, los hombres de las demás unidades también se precipitaron hacia la misma meta desde todos los costados. Los oficiales y soldados bolivianos, que tenían orden de no combatir hasta que volviesen sus parlamentarios, se incorporaron temerosos en sus posiciones al ver esta avalancha que se les venia encirna. En pocos rninutos se vieron rodeados de sus enemigos que los observaban y hablaban con curiosidad. El teniente coronel Marzana fue hecho prisionero por los tenientes Islas y Valdovinos.

El teniente coronel José Carlos Fernández, comandante de la Primera División paraguaya, ordeno que se hiciese formar a las fuerzas bolivianas en la plazoleta del fortín. Sus oficiales obedecieron, pero extrañados de la escasez del efectivo boliviano, preguntaron una y otra vez: "Donde están los demás?" No podían creer que toda la guarnición del fortín eran esos pocos espectros encorvados y famélicos. "La entrada victoriosa de nuestras tropas en el histórico Boquerón —ha comentado el entonces mayor Antonio E. González— fue empañada por la vista de la espantosa tragedia que envolvía a los defensores: 20 oficiales y 446 soldados en el ultimo extremo de rniseria humana. , . Por todas partes armamento, equipo, cadáveres y escombros. En un galpón oscuro, cubiertos de harapos, mugre, sangre, estiércol y gusanos, se revolcaban mas de 100 moribundos sin curación, sin vendas y sin agua" añade Heriberto Florentin, otro oficial paraguayo; “Era una masa pululante de cuerpos lacerados en lúgubre promiscuidad con cadáveres putrefactos cubiertos a medias por mantas desgarradas y embadurnadas de sangre y excrementos pestíferos". Este mismo oficial, refiriéndose a otros puntos del reducto dice: "En el campo que pega contra el camino a Valencia, el sector mas castigado de la ofensiva paraguaya, yacían dispersos numerosos cadaveres insepultos, algunos de ellos, hinchados descomunalmente, terminaban por explotar estrepitosamente y por lo gene­ral en altas horas de la noche, como si quisiesen ocultar de la luz del sol el siniestro desparramo de su podrida entraña. En cambio otros. achicharrados por el calor solar; iban reduciéndose a la mínima expresión de cuerpos mornificados".

El mayor Arturo Bray, que habla exigido como comandante del regimiento Boqueron que se le entregase al tenien­te coronel Marzana, para ser el quien lo condujera a retaguardia, anuncio a las 7:40 en el puesto de mando de Estigarribia: "Presento al teniente coronel Marzana". El teniente coronel Estigarribia se puso de pie y extendió la mano a su adversario. El auditor de guerra del ejercito paraguayo, doc­tor Horacio Fernández, ha descrito el encuentro con estas palabras: "El reducido numero de oficiales presentes estaba en profundo silencio. Nadie se movía. La respiración contenida de todos, la presencia del jefe de las fuerzas bolivianas, la evocación de todo el drama sangriento. . . el final imprevisto de la carnicería humana que tantos horrores nos había hecho sentir, los disparos que aun a lo lejos se escuchaban, todo ello llenaba el ambiente de una solemnidad y una angustia infinita... El teniente coronel Marzana con traje kaki, botas de charol usadas, gorra y portapliegos, permanece de pie, mesa de por medio, frente al teniente coronel Esti­garribia. La barba crecida, la expresión agradable, un ligerisimo temblor agitaba su labio inferior, su pierna izquierda ligerarnente recogida se movía denotando la lucha gigantesca de sus nervios en tensión. Su voz era firme. . .". El dialogo fue breve. Todo estaba consumado. Marzana pidió garantías para su gente y Estigarribia le aseguro que las tenia, además de atención medica inmediata para los heridos.

El teniente coronel Marzana y sus hombres fueron conducidos a Asunción. El presidente Ayala al referirse en un discurso el triunfo paraguayo, tributo un noble homenaje a los vencidos: “Los oficiales y soldados bolivianos que se batieron en Boquerón y son nuestros prisioneros….. se comportaron con tal bravura y coraje, que merecen todo nuestro respeto”.

A su retorno del cautiverio, en 1936, el coronel Marzana al ser requerido por un diario de La Paz para hacer declaraciones, dijo simplemente. “no hicimos mas que cumplir con nuestro deber”

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